Álvaro de Marichalar: en la ruta de los descubridores

Hace algo menos de tres años, el 8 de abril de 2013, Álvaro de Marichalar completaba la misma ruta que hizo hace 500 años Ponce de León al arribar a San Agustín, en La Florida, tras un viaje que partió de Puerto Rico el 20 de marzo (Esta breve crónica ayudará a entender la razón de la llegada de este incansable aventurero a las costas venezolanas 32 meses después…)

Fotos: Cortesía de Álvaro Marichalar

Su rostro demacrado por un inmenso cansancio reflejaba el orgullo de haber llegado a bordo de su moto acuática Numancia. “Estoy agotado. Esta última noche navegué 37 horas sin parar porque quería llegar a tiempo”, explicó.

4 ÁlvaroEn San Agustín se sintió como en casa. “Fue un recibimiento espectacular, con un ambiente precioso. Además, vino el equipo de gente de Puerto Rico que tanto me ayudó para zarpar”, dijo después de haber sido agasajado por las autoridades locales. De hecho, hay un rasgo que admira de Estados Unidos: “se aprecia y se respeta el desafío de cualquiera en cualquier disciplina”.

Desde San Agustín, Marichalar continuó la aventura: navegó por la costa hasta Cabo Cañaveral y luego a Miami, donde ofreció algunas charlas, una de ellas fue en la misma universidad donde estudió hace 30 años.

De La Florida a La Habana

Después de algunos trámites porque su embarcación tenía bandera estadounidense y necesitaba un permiso especial para navegar hasta Cuba (Barak Obama y Raúl Castro aún no habían sorprendido al mundo con la reanudación de relaciones), salió de Cayo Hueso y unas nueve horas después llegó a La Habana, tras otra dura etapa por el mal estado de la mar. Era el jueves 18 de abril y regresaría a Cayo Hueso al día siguiente, nuevamente “cabalgando” su moto de agua.

En el Club Náutico Hemingway de La Habana, le recibió su amigo personal Mikhail Kamynine, embajador de Rusia en Cuba, el cónsul español en La Habana, Tomás Rodríguez-Pantoja y el comodoro del Club, José Miguel Díaz Escrich; además de autoridades cubanas de inmigración y amigos y seguidores de la expedición.

En un gesto de hermandad, el pamplonés ondeó la bandera de España, y después las de Cuba, Rusia, Estados Unidos, Puerto Rico y el pabellón de la armada española. “Con un viaje como este se curan los nacionalismos”, aseveró.

Hasta que haya ilusión y fuerza

La travesía de 1.924 millas náuticas (3.559 kilómetros), que comenzó en Puerto Rico, incluyó el paso por República Dominicana, el archipiélago de Turcos y Caicos, Las Bahamas, La Florida y Cuba. Su esfuerzo se lo dedicó a su amigo Íñigo de Arteaga, fallecido en octubre de 2012 en un accidente de avioneta, y también a su mentor Miguel de la Quadra Salcedo.

Tributo a Ponce de León

Tributo a Ponce de León

Mientras cumplía jornadas de doce horas surcando las aguas, divisó tiburones, delfines, mantas rayas, tortugas e incluso algún vertido contaminante. “Por la noche me era más fácil orientarme con las estrellas, pero también resultaba más peligroso caerse al agua: los depredadores están más activos”.

“Lo más duro fue una tormenta entre Nassau (Bahamas) y Freeport. También fue difícil ir de la República Dominicana a Turcos y Caicos, y cruzar de Turcos y Caicos a Las Bahamas, travesías muy largas sin ver tierra, de hasta 120 millas náuticas. Incluso tuve que navegar varias noches sin luna y en cinco singladuras dormir sobre mi moto acuática a la deriva”.

Álvaro resumió su experiencia: “Es cuestión de ir buscándose la vida: tener algo para comer y beber, obtener combustible, preocuparte de que mientras lo haces, no te roben… y todo esto siguiendo la estela de los españoles. Con cuatro bidones suplementarios lograba una autonomía de 140 millas náuticas (hasta 12 horas de navegación)”.

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