La aventura de John Lennon en velero

A propósito de los 37 años de la trágica desaparición del genial músico y activista

La fascinación de John Lennon con el mar comenzó en sus días de infancia en Liverpool. Andando por las dársenas se preguntaba si su padre, marino mercante, estaba a bordo de alguno de los barcos que divisaba.

Por Enrique Romay

John-Lennon-x-sitoEl joven John se entristecía cuando su padre estaba ausente. Para aliviar su dolor, navegaba con su mente en lugares exóticos y se imaginaba de polizón en algún navío para escapar de la tristeza y la soledad que enfrentaba en casa y en la escuela. A veces tenía una necesidad abrumadora de colarse a bordo de un barco, pero le vencía el miedo a lo desconocido.

En 1980 Lennon estaba por cumplir 40 años. Quería volver a componer después de varios años retirado de la música, pero antes deseaba vivir una aventura náutica. El apetito por la vida a bordo se le había abierto con algunas cortas navegaciones en un pequeño velero de 14 pies por Long Island Sound.

Tyler Coneys y John Lennon en el Megan Jaye

Tyler Coneys y John Lennon en el Megan Jaye

Con su amigo Tyler Coneys discutió la posibilidad de un viaje a vela en mar abierto. Desde Estados Unidos el destino más cercano hacia el sureste sería las islas Bermuda, territorio británico. Coneys comenzó a organizar la expedición a principios de junio. Cuando John llegara a Bermuda, su hijo Sean iría en avión para reunirse con él. Yoko Ono no dudó en dar su bendición al plan.

Coneys escogió un schooner de 43 pies de nombre Megan Jaye, basado en Newport, Rhode Island capitaneado por Hank Halsted, un verdadero lobo de mar. La tripulación se constituyó con el capitán Halsted, Coneys y sus dos primos Ellen y Kevin y, naturalmente, Lennon.

El viaje de 1.100 km se haría con clima impredecible, en aguas transitadas por grandes petroleros y cargueros, atravesando el mítico Triángulo de las Bermudas. Megan Jaye era un barco bien equipado, pero con excepción del capitán, la tripulación era inexperta.

El 4 de junio, Lennon se embarcó con sus compañeros en Newport. Zarparon con sol brillante y cielo despejado. Delfines retozaban alrededor de la proa.

John nunca había compartido tanta intimidad con un grupo desde que viajaba en giras con los otros Beatles hacía más de una década. Aunque le agradaban los tres Coneys, su relación más estrecha fue con el capitán Hank.

Antes de convertirse en capitán con licencia, Hank pasó por la psicodelia de los sesenta, la promoción de conciertos de rock y hasta dirigió una clínica para adictos a las drogas. Trataba a John con naturalidad y le increpaba con respeto por el talento musical que le parecía se estaba desperdiciando. “Estoy criando a mi hijo”, murmuraba el ex beatle.

Pronto aparecieron los cambios de clima típicos del Triángulo de las Bermudas. El turquesa del mar cambió a gris, y luego a azul oscuro. Una flotilla de barcos guardacostas apareció de repente y escoltó el velero por un tiempo. Parecía como si sus capitanes desaprobaran la travesía del Megan Jaye. Pronto se desató una tormenta, con vientos de más de cien kilómetros por hora y olas de hasta seis metros.

"No hay lugar como ninguna parte"... el agradecimiento de Lennon al Magan Jaye

“No hay lugar como ninguna parte”… el agradecimiento de Lennon al Megan Jaye

Mientras el Megan Jaye se zarandeaba, unos mareados Tyler, Kevin y Ellen se refugiaron en sus literas. El capitán Hank no se vio afectado y, sorprendentemente, tampoco John. Explicó que en el proceso de dejar la heroína había aprendido a controlar el mareo por movimiento.

El capitán se mantuvo firme en el timón durante 48 horas y luego, vencido por la fatiga, le gritó a John: “Necesito ayuda aquí muchacho”. “Hey, Hank…”, protestó Lennon, “sólo tengo pequeños músculos de guitarrista”. Pero el capitán no aceptó excusas. “No es el tipo de fuerza que te estoy pidiendo… te voy a mostrar lo que debes hacer”.

John tomó el timón con cautela y Hank le dio instrucciones básicas para mantener el rumbo. Por una hora mantuvo el ojo vigilante sobre su protegido, hasta que finalmente bajó a la cabina a dormir.

Al principio John quedó casi paralizado. Pero poco a poco comenzó a entender las reacciones del barco, como si fuera una guitarra gigante. “Allí estuve seis horas, manteniendo el rumbo. Hubo momentos en que me sentí sepultado por el agua. Las olas me golpeaban la cara. Era como estar en el escenario, no había opción. Estaba viviendo la experiencia de mi vida”. Del miedo pasó a la euforia y comenzó a cantar las alegres y obscenas canciones marineras que escuchó en los muelles de Liverpool en su niñez.

“Cuando regresé a la cubierta estaba en éxtasis”, recordó Hank. “Ya no era el marinero de agua dulce que había subido a bordo en Newport. Encontró el hombre fuerte que siempre hubo dentro de él”.

Lennon aceptó nuevos retos el resto del viaje. Ayudó a Halsted a reparar una vela rasgada. “John estaba totalmente concentrado en la experiencia. Calentaba un pasador en la estufa hasta que estuviera al rojo vivo, luego me lo pasaba y yo hacía con el calor un agujero para que una cuerda pudiera pasar a través de ella sin que su tensión desmoronara la vela”.

El 11 de junio finalmente llegaron a Hamilton, capital de las Bermudas. Antes de atracar, John escribió un mensaje y pintó una caricatura de sí mismo en el diario de a bordo antes de bajar a tierra con el rostro barbudo y sonriente.

Lennon y su hijo Sean en el Megan Jaye

Lennon y su hijo Sean en el Megan Jaye

En las Bermudas, Frederic Seaman, el asistente de Lennon, notó el cambio de su jefe. El músico devenido en marino le habló con entusiasmo de su viaje. “No te puedes imaginar lo que se siente cuando miras a tu alrededor y todo lo que ves es agua y cielo. Estás aislado y en comunicación con el todopoderoso, una sensación abrumadora de libertad”.

Con su hijo Sean, otra niñera, y Seaman, Lennon alquiló una casa de campo en las afueras de Hamilton. Por casi dos meses disfrutó unas idílicas vacaciones junto al mar.

Años después, el Megan Jaye tendría nuevo propietario, Stephen Fuller, quien le cambiaría el nombre por el de Jubileo. Como buen marino, Fuller supo explicar la experiencia de Lennon en alta mar: “Después de haber navegado 40.000 millas en el océano abierto, puedo dar fe de la transformación que produce el desafío del mar, el clima, la oscuridad, el aislamiento y el peligro. John experimentó ese reto, la insignificancia del hombre en el universo, una mancha en el océano abierto, para luego recuperarse en tierra. Eso influyó en su poder creativo al capturar esa experiencia cósmica en sus últimas canciones”.

Lo curioso es que Fuller, fan de los Beatles, había zarpado hacia las Bermudas una semana después de Lennon. Pasó dos semanas allí sin saber que la leyenda del rock estaba en la isla. Casi veinte años después, cuando todavía no se había enterado de esta historia, compraría el velero que Lennon había timoneado con valentía por varias horas.

Todos sabemos lo que ocurrió cuando Lennon regresó a Nueva York. Volvió a componer y poco antes de que saliera al público su último trabajo musical, fue asesinado el 8 de diciembre de 1980. Como a tantos otros, el mar no pudo con él. Una bala sí.

Pin It